Dicen que cuando la vida te da algo bueno es porque te lo va a cobrar con algo que te importe de la misma manera, pero nadie nos dice que es parte del crecimiento y aprendizaje, y que en algún momento de nuestra vida se nos retribuirá con creces lo que nos han arrebatado por cierto tiempo. Hace cuatro años recibí la carta que esperé por poco más de ocho meses y en la que una de las empresas industriales más importantes de Canadá me había elegido para ocupar el puesto de director de área, lo que significaba que debía dejar mi México lindo y querido, lo que me dolía, pues soy una persona que es muy apegado a su familia y no verlos físicamente por tanto tiempo era un duro golpe para mí. Pero tanto mis padres como yo sabíamos que no podía rechazar esta oferta, pese a que yo esperaba un puesto en una de sus empresas aquí en mi país, pero la oferta fue aún mejor. Con todo el dolor de mi corazón, acepté y dos semanas después ya estaba en suelo canadiense.

Los primeros dos años fueron muy duros, pues me sentía muy solo pese a que hablaba con mi familia por videollamadas de whatsapp o Skype, otras veces los llamaba por teléfono o nos mensajeábamos. Mientras mi vida laboral iba en ascenso, mi mente a veces volvía a México y pensaba que estaba sentado junto a mis padres viendo televisión, comiendo, riendo y platicando, como solíamos hacerlo cada fin de semana cuando iba a visitarlos. Los extrañaba más de lo que pensé, la soledad me golpeaba sin piedad, sólo podía estar tranquilo al estar en el trabajo, pero después los ataques continuaban, pero éstos fueron disminuyendo gracias al primer regalo del destino.

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Llevaba mucho tiempo soltero, me había rendido al no poder encontrar a la mujer que había soñado. No es que esperara una modelo o algo por el estilo, simplemente buscaba cierto tipo de personalidad que se acoplara a la mía, una que está chapada muy a la antigua. Y la encontré en una conferencia que di en Otawa. Tenía un francés delicioso, una mirada tímida y una tez blanca como la nieve, pero unas chapas rosadas que deslumbraban ante la falta de color en su piel. Era hermosa y su voz como el canto del ruiseñor. Después de dos meses de salir nos hicimos novios y todo marchaba de maravilla. En mi cuarto año en Canadá me llamó mi jefe y me dijo: “We buy a new industry, is one of the bests Mexico Industrial Parks and we want you to be the CEO. You are comming home”. Iba a dirigir mi propia industria en México y pensé que la vida me iba a regresar a mi familia, manteniendo mi situación laboral, pero ahora me iba a quitar al amor de mi vida.

Pero a veces la vida no te golpea tan fuerte dos veces y se pone de tu lado. Mi novia aceptó alcanzarme en México en tres meses, los cuales usaría para buscar un empleo allá. Al parecer la vida y el destino no son tan malos como creemos, sólo es cuestión de soportar y ser pacientes.

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